Por Diego Mendoza

     A diario es caso común –por lo menos aquí en Venezuela- toparse con personas que se quejan de que recién hicieron las compras y todo estaba muy caro producto de la especulación de los vendedores, y que el dinero ya no alcanza para nada por esa misma razón. Es para la inmensa mayoría la especulación esa abominable acción que debilita el poder adquisitivo de la moneda, y por medio de la cual hacen cuantiosas fortunas los comerciantes.

    No es para nada extraño que muchas personas piensen de dicha manera, pues durante años los políticos se han encargado de crear un monstruo en el imaginario popular llamado “el especulador”, incluso han llegado a invertir grandes sumas de dinero con el único fin de crear propagandas en los medios en contra de los especuladores, causantes según su versión, de los males económicos que padece la nación.

    En la actualidad es complicado encontrarse aquí en Venezuela con alguien que no frunza el ceño cuando se habla de la especulación. Un concepto común dado a la especulación es: Aquél acto de subir los precios de manera desproporcionada e injustificada para hacer dinero con la necesidad de las personas.

    Ya de entrada se aprecia que el concepto además de ser errado, ha sido construido con premeditación para crear una situación de conflicto donde el vendedor vendría siendo el malvado ser sin corazón, mientras el comprador es la inmaculada víctima. Pero a su vez, se aprecia que existe ignorancia respecto al tema del precio, pero eso será un punto a tratar en otro artículo, aquí nos compete únicamente discernir sobre la maldita especulación.

    ¿Por qué he dicho que el concepto ofrecido por la mayoría de las personas es errado? Por la sencilla razón de que la especulación es una acción natural que desarrollamos a diario en cualquier área, y no es ni buena ni mala. Especular es imaginar posibles escenarios futuros, un intento por adelantarnos a lo no acontecido. Puesto que vivimos en una realidad dinámica, los acontecimientos del mañana son rotundamente inciertos, podemos sencillamente tomar previsiones a lo que creemos que sucederá tomando como referencia el pasado ya conocido, pero nada más. Lo que nos depara el porvenir es improbable de conocer con exactitud.

   ¿Acaso alguno de nosotros sabía a mediados de 2019 algo respecto al COVID-19, sabíamos cuántas personas se verían afectadas por este virus, las medidas que tomaría el Estado para intentar evitar su acelerada propagación, y las consecuencias que dichas medidas tendría sobre la economía? La respuesta es no, aunque en la mente de alguien este escenario hubiese sido dibujado, muy seguramente le restó importancia, por lo que podría decir que lo más probable es que a todos nos tomó por sorpresa. Expongo este caso como evidencia del desconocimiento que tenemos del mañana.

     Ante tal desconocimiento al hombre no le ha quedado más alternativa que especular y tomar sus previsiones basadas en estos escenarios ficticios, los cuales pueden ser acertados o desacertados, en definitiva, es un riesgo cotidiano.

    Es igual que cuando alguien va declarar su amor a otra persona y para ello le compra un presente, la respuesta que le darán es desconocida y puede ser la esperada o no. Del mismo modo, cuando iniciamos un negocio como por ejemplo una venta de comida rápida, no tenemos la menor idea de cómo responderá el público, simplemente nos esforzamos por ofrecer buena comida, una buena presentación, y buen servicio de atención.

   Por lo que el desarrollo de la vida misma podríamos decir que es una especulación constante, y el proceder con cautela es lo más inteligente que se puede hacer. Esto hace que se piense dos veces antes de intentar ofender a alguien con la palabra especulador, pues la realidad es que todos lo somos.

    De esta manera, el vendedor de cualquier bien no sólo especula con la aceptación que le dará el público, sino que además con el precio al que está dispuesto el público a hacer la compra. Dicho precio lo fijará en definitiva el comprador, y el comerciante evaluará si el negocio es viable teniendo tales ingresos. Pero además, el buen comerciante –si quiere que su negocio prevalezca- debe tener en cuenta que el mañana puede variar, por lo que es menester hacer un análisis íntegro de la situación del mercado donde se moviliza. Y puesto que en pleno siglo XXI la economía lamentablemente sigue estando a merced del Estado, él tendrá que observar con detenimiento cómo se halla la atmósfera política del país.

    ¿Ahora, por qué en nuestro caso venezolano es tan notoria la especulación en el área de los precios? Creo que habiendo entendido el párrafo anterior se puede responder con facilidad a esa pregunta. Los dirigentes actuales del Estado venezolano han demostrado por 21 años actuar de manera errática y absurda, teniendo como factor común que dichas actuaciones van en contra de las libertades individuales y de la propiedad privada, y que existe un frenesí por la impresión de dinero que es la verdadera razón de que el signo monetario pierda su poder adquisitivo.

   Con tan adverso panorama, al comerciante venezolano no le queda más opción que prepararse siempre para lo peor, porque la evidencia hace pensar así, por ello espera conseguir la mayor cantidad de dinero por un bien, y de esta manera tener capital ahorrado para reponer el inventario, pagar a sus empleados, hacer las reparaciones que puedan surgir, adquirir nuevos productos que se cree pueden gustar, y por qué no, para la apertura de alguna sucursal. Pero sin lugar a dudas, quien tiene la última palabra en el etiquetado del pecio será el comprador. Si el comprador considera que no vale la pena gastar tanto dinero en X bien, simplemente tomará una de dos opciones, 1) dejar insatisfecha esa necesidad, o 2) buscar un bien cuya función sea similar y por el cual pueda desprenderse de menos dinero. Esto pone en aprietos al vendedor quien deberá hacer cuentas para ver si vender a un precio más bajo sigue siendo rentable, o si por el contrario elimina dicho bien de su lista de productos ofrecidos.

    Si hoy usted señor(a) que vive en Barinitas va a comprar un kilo de queso duro y nota que su precio subió en referencia con el de la semana pasada, no se moleste con el vendedor, antes de ello, pregúntese qué medidas ha adoptado el ejecutivo nacional para que haya un crecimiento tan grande del precio, muy probablemente sea que decidió establecer 8 alcabalas más en el camino desde la quesera hasta el pueblo, en las cuales se cobran peajes ilegales a fuerza de las armas. Y que el señor de la bodega pasó largas noches en vela especulando si valdría la pena correr el riesgo de ir hasta la quesera –gastando por cierto su tanque de combustible y los cauchos de su vehículo- por el cargamento habitual de queso duro, para luego ponerlo en los refrigeradores de su pequeña bodega a un precio que no sabe si la mayoría del público admita. El señor de la bodega puede tener éxito y lograr vender todo el queso adquirido, pero también puede que no lo logre, debiendo venderlo a un precio que aunque le generará ganancias, no le bastará para el próximo fin de semana poner lleno el tanque de su vehículo, y para pagar las nuevas tarifas de las alcabalas, o a los funcionarios que recién empiezan a organizarse para poner multas a aquellos que no cumplen las nuevas normas de bioseguridad, sin contar que puede despertar con la noticia de que abrieron en el pueblo tres bodegas nuevas que también venden queso duro y con las cuales deberá competir por la clientela, y que además una de ellas es del primo de un funcionario, por lo que paga menos en las alcabalas y además está exento de las visitas para evaluar las normas de bioseguridad.

    Y no vale de nada argumentar que el vendedor carece de “humanidad” al no querer aceptar menos dinero por el bien buscado para satisfacer una necesidad tan importante como la alimenticia ya que, el vendedor también podría alegar que el comprador carece de “humanidad” al no querer entregar más dinero para con este poder satisfacer ciertos compromisos como por ejemplo, comprarle ropa a sus hijos.

    Ahora, si nos fijamos bien, el comerciante no es el único que cambia constantemente los precios, esto también lo hace los médicos, los abogados, los zapateros, o los constructores, por supuesto que no al mismo tiempo ni en la misma proporción. Pero todo se debe a un mismo factor, la inestabilidad del mercado generada por las políticas tomadas desde el Estado. Por supuesto que no puedo dejar pasar por alto el hecho de que cada vez hay más masa monetaria disponible -tanto de bolívares como de otras divisas-, con la cual la gente hacer sus compras, por supuesto que el dinero jamás va estar repartido de manera uniforme, ni aquí ni en ninguna economía, eso es imposible.

   Para concluir, la próxima vez que vaya a intentar ofender a alguien llamándole “especulador”, piense que usted también especula a cada momento porque como dijo Ludwig von Mises en su obra, La Acción Humana:

“Toda acción viene a ser una especulación. En el curso de los acontecimientos humanos nunca hay estabilidad ni, por consiguiente, seguridad.”

    El problema nuestro aquí en Venezuela es que el Estado interviene constantemente todas las acciones acrecentando la inseguridad que ya por naturaleza existe, por ende el reclamo no debe ser jamás para que las autoridades sancionen a los comerciantes por especuladores, sino para que el Estado cese sus grotescas intervenciones. Y ojo, este problema no es un caso excepcional de los venezolanos, esto ocurre en cualquier país del mundo donde los burócratas se toman o se les otorga el poder absoluto para irrumpir en el mercado, que no es cosa distinta que nuestras propias vidas.

¡Piénsenlo!

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