Por: Diego Mendoza

Los padres o representantes que envían a los niños desde temprana edad a trabajar, lo hacen a raíz de la carencia de capital acumulado que existe en la sociedad donde se desarrollan. Esto no es algo nuevo, si se echa una mirada al pasado, desde más o menos el siglo XX para atrás, se puede ver que el trabajo infantil era un factor común en todos los países, incluso en los que hoy se consideran desarrollados.

El trabajo infantil, a diferencia de como varias intelectuales sostienen, no acabó gracias a las llamadas “conquistas sociales”, sino que su progresiva desaparición fue producto del ahorro, y esto tuvo cabida en aquellos lugares donde las autoridades estatales decidieron o fueron forzadas a respetar la propiedad privada y la libertad individual.

Más detalladamente, donde se le respetó a cada persona el fruto de su trabajo, eliminando y disminuyendo los sofocantes impuestos, y se les concedió, además, el espacio para que con ese mismo ahorro emprendieran sus particulares proyectos.

En otras palabras, fue la adopción de los valores del libre mercado lo que acabó con el trabajo infantil. Una familia a la que se le elimina o dificulta la acción de ahorrar a causa del robo directo o del indirecto –ejemplo de este último caso, es el impuesto predilecto de los gobernantes, la inflación-, no tendrá más opción para subsistir dentro de aquel ambiente hostil, que el que cada miembro, cuyas capacidades cognitivas se lo permitan, salga a laborar para cubrir sus necesidades más urgentes.

El ahorro de dinero, la acumulación de capital, y el emprendimiento, allí, donde se respeta la propiedad privada y la libertad de elegir, ha hecho posible que el ocio y la formación académica en la niñez y juventud se prolongue, pues con lo ganado en el trabajo de los padres, o muchas veces con lo ganado únicamente con el trabajo de uno de ellos, basta para cubrir los gastos, quedando incluso una parte para ahorrar e invertir.

Si bien el ver trabajar a niños en la calle ha resultado molesto para muchas personas, la solución a esta situación no es su prohibición, pues el resultado a una medida así sería sencillamente el desplazamiento de estos niños a un lugar, o a un horario donde los agentes del Estado tengan menos presencia, y por ende no puedan interrumpir su quehacer.

La solución real y sostenible para acabar con el trabajo infantil es exigir que los políticos del Estado respeten los frutos del trabajo de cada individuo, procurando la eliminación y reducción de impuestos, y de las regulaciones que impiden o dificultan el realizar contratos, establecer empresas y competir. Ahorrar es un proceso lento y que requiere disciplina, es posponer la satisfacción de los deseos presentes por los futuros, pero es la única manera de aumentar el patrimonio familiar y liberar de la necesidad de trabajar a los miembros más jóvenes.

Un pequeño ejemplo, producto de la imaginación, puede ayudar a comprender mejor este tema. Veamos:

Suponga que usted es ducho en el arte de reparar zapatos. Con aguja, hilo serado y pega consigue en promedio reparar 4 pares de zapatos en 10 horas (jornada diaria), cobrando por cada par de zapatos 10 pesos. En cinco días usted podría tener 200 pesos en su bolsillo, que al cabo de un mes serían 800 pesos.

Ahora bien, suponga que su clientela es constante, es decir, tiene trabajo todos los días, incluso algunas veces llega al punto en el que decide no aceptar más pares de zapatos porque su reparación toma más tiempo del que el cliente está dispuesto a esperar; suponga además, que usted vive bajo el mando de un Estado cuyo monopolio de la emisión monetaria lo ha empezado a manejar de una forma relativamente prudente, sin incurrir en inflación, y que esas mismas autoridades estatales han decidido reducir la carga impositiva y eliminar las trabas a las exportaciones.

Manteniéndose estas circunstancias concretas, usted con los 800 pesos ganados en el mes por su labor como zapatero, consigue satisfacer múltiples necesidades que considera más urgentes, como adquirir alimento, vestimenta, electricidad, agua potable, gas, transporte, internet, periódicos, y los materiales para continuar con su trabajo, además por supuesto, de cancelar los obligatorios impuestos locales, quedándole al final de cada mes cierta cantidad de dinero para ser utilizado en las otras necesidades que siguen en su siempre cambiante escala de valores, como bien podría ser ir al cine, ir a algún concierto, o apostar en algún deporte.

Pero, a partir de cierto mes usted ha tomado una decisión, no va a satisfacer estas últimas necesidades mencionadas, contrario a ello, guardará los 40 pesos que quedan en su bolsillo cada mes, es decir, va a ahorrar. ¿Para qué? Lo hará con la finalidad de comprar dos máquinas para coser zapatos que ha visto en la tienda de la esquina, unas que traen directamente desde otro país. Usted ha evaluado la situación y considera que vale la pena hacer un esfuerzo y durante, digamos, ocho meses, no ir al cine, no ir a ningún concierto, no apostar en el fútbol, e incluso usar menos el autobús, y más la bicicleta. Todo ello con el propósito de conseguir reunir los 320 pesos necesarios para comprar ambas máquinas de coser, que, según le contó el vendedor de la tienda, con una de ellas puede arreglar un par de zapatos en tan solo 20 minutos. ¡Una maravilla! Eso significa que usted en tan solo 1 hora de trabajo puede reparar 3 pares de zapato, lo que antes le tomaba prácticamente 10 horas.

Como aprecia más lo que espera obtener en el futuro, que lo que está dejando de hacer en el presente, el ahorro es posible. Su incentivo es el ansia de lucro y el ocio que disfrutará a futuro. ¿Por qué? Porque con esas dos máquinas de coser usted podrá arreglar en un día de trabajo (de 10 horas), más o menos unos 60 pares de zapatos, lo que le representa un ingreso diario de 600 pesos. Pero eso no es todo, ya no tendrá que hacer el mismo trabajo de antes, haciendo fuerza para que la aguja perfore cuero y suela del zapato, no, eso ahora lo hace la máquina, usted simplemente con su pie hunde y suelta el pedal que activa su motor, a la par que guía el zapato bajo el picoteo de la aguja.

Claro está, usted no podría manejar ambas máquinas al mismo tiempo, ¿Qué hace entonces? Pues una vez concretada la compra de las máquinas, y transcurrido un tiempo, percatándose que su clientela ha aumentado a razón de ahora reparar los zapatos más rápido, quedando tiempo para darle una lavada y lustrada,toma entonces la decisión de contratar a alguien, y recuerda que una vecina suya también funge de zapatero, por lo que le plantea que trabaje con usted 8 horas diarias durante cinco días de la semana a cambio de un pago de 280 pesos; que vienen siendo 80 pesos por encima de lo que gana ella trabajando con su propias manos, y que es la cantidad que pagan por el mismo trabajo otros negocios de reparación donde se utilizan estas máquinas. Su vecina decide aceptar la oferta porque le parece una buena suma de dinero, y porque tiene la comodidad de vivir justo al lado del puesto de trabajo.

Como se puede evidenciar, su ahorro ha hecho posible que sus ingresos sean aún mayores al haber aumentado con la máquina (un bien de capital) su productividad, a su vez le ha liberado de dos horas de trabajo diario, le ha hecho más relajada la faena, le ha permitido que ofrezca un mejor servicio ya que ahora también lava y lustra los zapatos reparados, ha generado un empleo, y dicho empleo, valga resaltarlo, ha representado para esa otra persona un aumento en sus ingresos mensuales, y al igual que usted, como ya se dijo, el tener un trabajo menos exigente.

Pero no obstante a todo ello, resulta que su vecina, madre de tres hijos, de los cuales dos (uno de 8 años y otro de 11), ante los bajos ingresos que percibía su madre, habían tenido que salir a trabajar para ayudar con los gastos en el hogar. Situación esta que lentamente cambió desde que ella fue contratada por usted. Sus nuevos ingresos, bien administrados, le dan para ella saldar los gastos del hogar, ahora solamente queda trabajando el hijo de 11 años, quien lo hace con el propósito de que sus ganancias queden libres para el ahorro y así su madre pueda emprender su propio negocio, especulando que vale la pena el esfuerzo presente porque a futuro habrá un beneficio que le permitirá a él dejar de trabajar para asistir a la escuela, como lo empezó a hacer su hermano.

Como escribe en este mismo sentido Ludwig von Mises en su obra La Acción Humana:

Somos los afortunados herederos de antepasados cuya actividad ahorrativa produjo esos bienes de capital que ahora explotamos. Seres privilegiados en la era de la electricidad, seguimos, sin embargo, derivando ventajas del originario ahorro acumulado por primitivos pescadores que, al fabricar las primeras redes y embarcaciones, estaban dedicando parte de su tiempo a trabajar para el aprovisionamiento de un futuro más remoto. Si los sucesores de aquellos legendarios pescadores hubieran dilapidado esos productos intermedios —redes y embarcaciones— sin reponerlos con otros nuevos, habrían consumido capital, obligando a recomenzar el proceso ahorrativo de acumulación. Somos más ricos que nuestros antepasados porque disponemos de los bienes de capital que ellos produjeron para nosotros.

 

Por ende, la máquina de coser zapatos que usted adquirió es el producto del ahorro realizado por otras personas, en este caso puntual, que viven en otro país. Y a su vez, la máquina es en sí misma un bien de capital que usted ha adquirido y que le permite mejorar su productividad marginal, es decir, su aporte al proceso de producción, el cual ahora es mucho mayor que antes al poder reparar más unidades de zapato en menos tiempo. Contrario a lo que varias personas argumentan, sobre todo políticos con el fin de crear una idea errada, el capitalismo no se basa en el consumismo, sino en el ahorro, de no haber existido ahorro, de no haberse pospuesto la satisfacción de necesidades presentes por las futuras, como hemos visto en el ejemplo, no sería posible que existieran tantos bienes accesibles hoy en día.

En cuanto al negocio se trata, usted ahora obtiene un beneficio mayor con el que, nuevamente recurriendo al ahorro, podrá tener el dinero suficiente para 1) comprar más máquinas; 2) comprar una máquina más sofisticada que le permita hacer distintos trabajos; o 3) comprar materiales para iniciar su propia línea de calzado. Su decisión dependerá de lo que, a base de observar el mercado, aprecie que es una necesidad insatisfecha del público.

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