Por Diego Mendoza

Imagine que usted posee una tienda donde venden lámparas y bombillas, que acaba de realizar una serie de entrevistas de trabajo para contratar a un vigilante, y que luego de conseguir a quien usted considera pertinente para desempeñar la labor, tiene la obligación de celebrar una fiesta el día en que éste firmará el contrato, fiesta a la que deberá invitar a varios otros vigilantes de la ciudad que su nuevo empleado desee, y que además, debe sentarse a oír su discurso.

Por más risible que suene el relato, nos debería llamar a la reflexión al saber que es una realidad no ajena a nosotros. En sí, lo descrito es una analogía de lo que se conoce como “toma de posesión”. Esa fiesta donde con absurda perplejidad se idolatra al nuevo contratado, en la que él mismo se encarga de hacer la lista de caprichos con los que quiere ser recibido, al igual que la lista de homólogos invitados. Todo costeado por sus jefes, es decir, por los que a diferencia de él, están aquél día trabajando, y a quienes un contrato no les representa un bonche organizado por sí mismos para rendirse vítores por su elección, pero pagado por otros.

La toma de posesión del jefe del poder ejecutivo debería realizarse en las inmediaciones de su oficina de trabajo, o en algún espacio del parlamento, sin la potestad de llevar invitados para que le aplaudan u ofrezcan brindis. Una cosa muy distinta sería que los medios de comunicación decidan en cumplimiento con la apetencia de su público, grabar y transmitir el momento en el cual éste asume sus responsabilidades.

Si el recién electo como presidente quiere celebrar que tiene un nuevo compromiso laboral, para así vanagloriarse y darse ánimos, está en todo su derecho, pero que lo haga desde su propia casa, y gastando su propio dinero.

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